martes, 11 de febrero de 2014

El Walz del Metro

Ocurre algo extraño conmigo y la música clásica. Cada vez que escucho una pieza, siento que parte de mi se va a otra parte. No es que escuche mucho a Mozart o a Bethoven, ni nada por el estilo. Por lo general me gusta poder cantar las letras. Pero cada vez que suena un Walz tengo ganas de descalzarme y comenzar a dar vueltas bailando. Supongo que es muy infantil y la verdad es, que pocas veces lo hago realmente. Tampoco me imagino que soy una princesa, ¡que va! Es solo que cuando las notas se elevan yo lo hago con ellas. ¿Y que hay de malo en eso? Nada. Si no fuera por esa afición, jamás me habría pasado lo que sucedió:

Volvía de visitar a mis padres una noche. Tenía que coger el metro hacia mi apartamento. Aunque en realidad no había prisa. No tenía nada especial que hacer, nadie me esperaba (así de patética era yo).

 Pero ya sabéis como vamos todos últimamente: Es como si el mundo entero se hubiera convertido en un circuito. Hay salidas y llegadas y un recorrido a realizar cuanto antes. Nada más importa.
A veces me pregunto si siempre ha sido así. ¿Por qué puedo ser de lo más vaga cuando estoy en casa, y necesito tener las manos ocupadas y los auriculares puestos cuando voy a alguna parte?

Yo escuchaba algún hit del momento, ahora no estoy muy segura de qué exactamente, mientras con el móvil chateaba con un amigo por el what's up. O al menos, procuraba hacerlo. No es fácil escribir, caminar y prestar atención a donde te diriges.
Es OTRO gran problema de hoy en día. Todo funciona  tan deprisa, que si no hago varias cosas a la vez me siento cómo si estuviese perdiendo el tiempo. ¿Tiempo para qué? No es como si fuera a acabarse el mundo mañana.
Y lo que hacía aquel día tampoco era demasiado trascendental. Solo discutía con Marc sobre algunas películas de acción. En fin, que me dejo de divagaciones mejor.
No sé en que momento alcé por primera vez la mirada. Supongo que fue cuando las primeras notas traspasaron mis auriculares. Entonces me fijé en lo vacíos que estaban los pasillos de la estación. Realmente no había ni un alma. Solo yo. Cuando pare la música fue como si el silencio me rodease. No se oía ni un solo ruido. Tan solo las teclas de un piano y el rasgar de un violín que soplaban como una brisa fresca. La verdad es que asustaba un poco. El estar tan sola. Y esa música... Solo faltaba que los espíritus saliesen de las paredes y comenzaran a bailar juntos al son del Walz. Pero no había nadie. Nadie. Cuando comprendí eso, no pude evitar sonreír. Guardé las cosas en los bolsillos de la chaqueta, conté en silencio hasta tres y comencé a danzar por los pasillos que me llevaban hasta el metro.
Ya, bueno, era una tontería. ¡Pero a quién le importa! Se sentía genial, liberador, de verdad. Se lo recomiendo a todo el mundo...
Salvo por la parte que vino después. Esa en la que la música se detuvo por que tanto el violinista cómo el pianista (habían puesto varios pianos por el metro, para pequeños conciertos) se quedaron alucinando al verme. Esa escena no estuvo tan bien.
Estaban al final del pasillo y yo no los había visto. Así que me quedé helada cuando al dar un giro me encontré cara a cara con ellos. Creo que  Los tres nos quedamos mirando en silencio durante quién sabe cuanto tiempo. Por un momento dudé de si eso sería lo que sentiría un cubito de hielo. Estaba pálida, sentía el cuerpo helado y sudor frío me recorría la espalda y las manos. Siempre he reaccionado mal ante el bochorno.
 Luego el violinista comenzó a reír, después el pianista se le unió. Y por último a mi se me tragó la tierra. O eso me hubiese gustado, aunque no fui tan afortunada.
-Bonito baile- dijo el pianista.
Lo fulminé con la mirada. No tenía ni la menor gracia. Y si no hubiese sentido tanta vergüenza, probablemente le hubiese picado. En cambio, me esforcé por salvar la situación:
-Bonito Walz- dije.
-Bonita chica- concluyó el pianista. Y esta vez el color de mis mejillas no se debió únicamente a mi timidez. -Chopin esta muy bien, ¿no es cierto?
Entonces, como si no hubiese pasado nada volvieron a colocarse y comenzaron a tocar un nuevo Walz. Este si que lo conocía. Era de Brahms.
Yo los miré por unos instantes antes de apoyarme contra la pared y cerrar los ojos. Con un pie marqué el ritmo mientras la música me rodeaba. Y cuando pararon me sentía más calma y estúpidamente feliz de lo que había estado en mucho tiempo. Abrí los ojos y vi como empacaban sus cosas.Eso me entristeció un poco. Hacia mucho que no perdía el tiempo con algo tan valioso. Recordé que eran músicos del metro, no amigos míos ni mucho menos extraños elfos de la música, y me apresuré a sacar unas monedas. Al verlas ellos solo rieron de nuevo y negaron con la cabeza. Vi como se dirigían hacia las escaleras. El violinista se giró y me preguntó: -¿Vienes?

Así que me uní a ellos en silencio. Ni siquiera me fijé hacia dónde íbamos. Ya lo sé, soy una inconsciente. Y esos tipos podían haber sido unos violadores a los que se les daba bien la música. Pero confiaba en ellos. No sé por qué. Desde luego no es porque fuesen unos supermodelos. El pianista era algo mayor. Unas pocas canas poblaban su barba, vestía unos tejanos desgastados y una camiseta de Megadeth, un detalle de lo más extraño viendo lo que había estado tocando.
Y el violinista llevaba la ropa arrugada, el pelo despeinado y la barba de dos días le crecía desigual. Así que no, no tenían un aspecto muy de fiar. Y aun así, había algo en ellos que me hacía sentir cómoda, segura y a gusto. No intentaron secuestrarme, ni matarme, ni violarme, ni atracarme... ni siquiera chincharme. Simplemente esperaron en el anden hasta la llegada el metro. En silencio. Sonriendo.
Según la pantalla, quedaba poco más de dos minutos para que llegase el siguiente metro cuando el violinista me entregó un ticket. Yo me lo metí en el bolsillo sin mirarlo siquiera, concentrada en sus ojos. Eran negros como el petroleo y eso no es algo que se vea todos los días.
-El concierto es dentro de unos días. Espero que vengas. Aunque no creo que puedas bailar entre los asientos.
-No le hagas caso- me advirtió su compañero. -Se creé que eso de ser músico atrae a las chicas. Pero tu y yo sabemos que eso solo funciona con los guitarristas y cantantes.
-Sí. No creo que nadie hoy en día sueñe con volver al pasado y conquistar a Mozart- me reí. - Podía ser un genio, pero a poca gente le gustan las medias y las pelucas en los hombres.
Ante esto, el violinista puso mala cara.
-Pero yo ni siquiera soy compositor. Solo toco el violín.
Yo chasqueé la lengua y le sonreí: -Mala suerte pues.
-No obstante, yo no llevo ni medias ni peluca, eso debe de ganarme puntos, ¿no?
-¿Ganar puntos alguien que regala entradas a conciertos a todo aquel que encuentra bailando por el metro? Eso solo hace o un excéntrico o alguien muy generoso. Y ninguna de las dos opciones tienen muy buenos resultados hoy en día- aseguré yo, pasándome de listilla.
-Da hasta que duela, y cuando duela da más. - citó el pianista, fingiendo seriedad.
Yo contemplaba a los dos con verdadera fascinación. Eran tan extraños, que me entraban dudas de si no serían extraterrestres. Hasta tenían un acento extravagante.

Llegó el metro y ambos músicos se subieron.
-Vendrás al concierto ¿no?- me preguntaron antes de que las puertas se cerraran. -Dejaremos un asiento reservado para la bailarina del metro.
-Por supuesto, y bailaré únicamente para vosotros- les grité para que me escuchasen.
Les vi alejarse, antes de cambiarme de andana. Había sido divertido.
Y ahora faltaban tres minutos para el próximo metro. Suspiré. Ahora, en comparación, el silencio en el anden me parecía triste y eterno.
Me saqué el móvil y se me calló la entrada al suelo. La recogí y la miré. Era una entrada para un concierto de la orquesta sinfónica. Una de las más reconocidas del mundo.
Había bailado un Walz delante de dos músicos que debían ser de lo mejorcito del momento. Y lo único que podía pensar, es que uno era fan de Megadeth.

1 comentario:

  1. Bonita historia.
    Pero me dejas intrigado...

    Al final fuiste o no fuiste al concierto??

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