martes, 23 de abril de 2013

De dragones y cervezas (o cómo emborrachar a tu dragon)



Había una vez
un pueblo de gran altivez
que vivía en un lugar
no muy lejano al mar.
A pesar de ser rocoso
era un terreno ciertamente hermoso.
Allí, en un valle de ensueño,
se alzaba el castillo cuyo dueño
era un digno rey
y reconocido gay.
Por ser sabio y honrado
era un monarca bien amado.
Y todos daban parte
De sus conocimientos sobre el arte.


Sucedió, que se enamoró de un barrendero.
Se casaron
y todos los adoraron.
Pero al no poder tener heredero
tuvieron que buscar en el orfanato
donde, por desgracia, todo niño era un mentecato.

De allí, que decidieran tener una hija
y tuvieron ojo, de no escoger a una pija.
Encontraron a una chiquilla
que era todo una maravilla.
Sabía bailar y cantar
sin jamás desentonar.
Pintaba con gran destreza
Y a pesar de no ser de la realeza
era toda una belleza.
La instruyeron como a ninguna otra
para que fuera lista pero nada pelota.

Y el pueblo vivió feliz
como la más simples  perdiz.
En las fiestas de celebración
era todo una gran diversión:
Bailaban y bebían
bebían y reían
y con cada bebida
disfrutaban de la vida.

Hasta que un terrible día
sin más alarma que la mía
algo horrible sucedió
que todo lo cambió.
¡Naturalmente, a mí nadie me creyó!
Pero esto es bien cierto
os lo digo yo.
Sucedió en aquella ocasión
sin ningún tipo de consideración,
que un dragón se asentó
en una cueva, que cómoda vio.
Se dijo, este lugar es ideal
para una criatura tan letal
como la que soy yo.
Y allí se colocó.

Al día siguiente
con el viento de poniente
sobrevoló con mucha maña
el bosque y la montaña
hasta llegar al castillo.
-¡Aquí huele a solomillo!
Exclamó
y descendió.
Entre las casas comenzó el griterío:
-¡Dios mío, Dios mío!
El animal aterrorizaba con su vuelo
a toda criatura del suelo.
Tanto noble como plebeyo
Huían de aquello.
Con gran temor
se alejaban todos del humo, el fuego y el hedor.
Y con gruñidos, bramidos
y algunos resoplidos
hizo su elección.
 Y en  aquella ocasión
se llevó a una oveja
y dejó a su pareja.
Después de aquello, llegó la alarma
Y los monarcas tardaron en lograr la calma.
Decidieron sin más dilación,
Que había que matar al dragón.
A Greenpeace le enviaron una carta
Explicando que la gente estaba harta
Y que no quedaba más opción
Que la de exterminar al monstruo tragón.
Y pidieron no ser demandados,
Indicando sentirse desolados
Por matar a un dragón
En peligro de extinción.

Lo siguiente no fue fácil
pues ni el más fuerte, ni el más ágil
lograron vencer a aquel animal
asqueroso, terrible y mortal.
Probaron con catapultas y flechas.
Buscaron desesperados por brechas
entre sus escamas.
Más sólo lograron ser alcanzados por sus llamas.
Cada semana igual
aparecía aquel animal,
monstruo, bestia brutal.
 Se llevaba con un zarpazo
vacas y ovejas o incluso el cazo
con la comida de aquel día
gritando: -¡mía, mía, mía!
La gente que huía
jamás lo conseguía.
Los viajeros que llegaban
en su panza acababan.
Y fue en estas circunstancias,
jugando entre vacías estancias,
que la princesa  creció
y sin quererlo se convirtió
en una mujer valiente
con un puño muy hiriente.
Naturalmente, sus padres la retenían
puesto que no querían
que se enfrentara al dragón
y acabará en la misma condición
que los demás en su situación.

Sin embargo, un día
bueno, de hecho, fue a mediodía
tras el ataque del dragón
se formó un pelotón
de asustados ciudadanos,
altos, bajos y medianos,
que indicaron desesperados
que ya no quedaban ni huesos ahumados
para ofrecerle a aquella criatura
en una visita futura.
El rey sabio meditó.
El otro, frustrado, barrió
hasta dejar el palacio impoluto,
murmurando siempre:-¡qué bruto!
Finalmente, a las 22:00 con gran precisión,
se llegó a una decisión:
se haría un sorteo
y se elegiría a boleo
a un mártir entre el pueblo
que hiciese de señuelo
mientras un mensajero buscaba
a alguien que les ayudara.

Sucedió para su horror,
el mal mayor.
Puesto que con triste acogida,
fue la princesa, quien salió elegida.
-No tengo miedo-, aseguró con valentía.
Pero, por desgracia, nadie la creía.
-¡Pobrecita mía!
Decían los monarcas
mientras el mensajero
buscaba en el extranjero
y en todas las comarcas.
Lentamente se acercó la fecha
Y cuando nadie miraba,
La princesa murmuraba:
-espero no salir maltrecha.
¡Pero que se le va a hacer! Esa bestia nos acecha.
Acabaré con ella,
tan seguro como que soy bella.
Y solo por cerciorarse, se contemplo en el espejo
Y sonrió: -Dragón, yo te aconsejo,
que salgas volando
antes de que te acabe matando.
Ya amanecía
y el rey sabio tanto padecía,
que se acercó a la princesa
y le pidió: -Siéntate a la mesa.
y bebe conmigo para aplacar el temor.
-Yo no siento pavor,
señor.
-Mi amor, mi tesoro.
Tal vez tu no, pero yo destilo miedo por cada poro.
Y como la princesa también temblaba,
decidió beber un poco de aquel cava.
-Probad también un poco de esta cerveza,
esta tan buena, como bella es su alteza.
Le aconsejó el bufón.
-Ya veréis como viene un campeón
y os salva,
antes de que acabe el alba.
-Me temo que ya es tarde para eso.
Comentó la princesa, cogiendo un trozo de queso.
-Ya sale el sol.
-Pues tomad más alcohol.
Rogó la sirvienta.
Y apartó el queso de la princesa hambrienta.
La princesa negó.
Y un trozo de pan cogió.
-Ya he tenido suficiente.
Además, tengo un dolor reciente.
-¿De qué? -De cabeza.
-Para eso no hay nada mejor que la cerveza.
Ya algo más contenta
aunque menos atenta
y probando a hacer eses
(pisando también un par de heces).
Se acercó a las puertas de la muralla
Gritando:- ¡Abrid las puertas y acabo con el canalla!
-¡Esperad, esperad, alteza!
Tomad una última cerveza.
Le pidió un lacayo.
-Ay, que me desmayo.
Soltó una sirvienta.
-Probad este licor de menta.
-Tanta belleza,
Se merece una última cerveza.
Riendo, hipando,
cantando y bailando
salió del castillo
con un cierto brillo
en su mirada
mareada.
El dragón, al verla
pensó de inmediato, como comerla.
-¡Que deliciosa criatura!
Seguro que eres toda una dulzura.
-Lo que soy, hip, o estoy, es llena de bebida.
-¡Ñam! ¡Y rellena! ¡Un plato a mi medida!
-Hip. Ahora desearía tener sida.
-¿Cómo has dicho?
-¡Que te calles bicho!
¡Lucha conmigo
Si te atreves, amigo!
-¡Ay, que divertida!
Lástima que mama me prohibiese jugar con la comida.
Te tendré que engullir sin más dilación.
Perdona, por eso, mi precipitación.
Pero no va con migo degustar la comida.
¡Buena suerte en la otra vida!
-¡Ni se te ocurra, cabrón!
Le gritó alguien al dragón.
Y de repente, apareció un caballero
con lanza en ristre y aspecto fiero
montado a lomos de una jaca
y con una gran cantidad de laca
en su abundante cabellera.
-Tú espera.
Resopló el dragón.
-No seas un bribón,
que tu turno ya llegará.
-¡Eso ya se verá!
Clamó el hombre sin hacerle caso
Y apresurando el paso.
El animal embistió primero,
Más el guerrero era un gran lancero.
Y con un simple movimiento
se aparto e hizo su primer intento.
No logró herir a la bestia molesta,
si bien la dejó algo traspuesta.
-¿Puedo saber a quién me enfrento?
Preguntó el animal, de nuevo contento.
-Yo soy Sant Jordi, necio dragón.
Y tú por tú parte, no eres más que un mamón.
-¡Qué mal hablado!
¿Quién te ha enseñado?
¿No sabes que hay algo llamado educación?
-¿Habéis dicho canción?
Exclamó entre risas la princesa, ahora cantante,
Más trompa que un elefante.
-¿Pero qué le habéis hecho a la dama?
-¿Qué? No es mi culpa, que beba diez copas al salir de la cama.
Y así siguió el combate.
Y hubiese acabado en empate,
De no haber sido,
Que con un gruñido
El dragón hiciese huir al caballo despavorido.
El jinete cayó entonces de su montura.
-¡Qué desventura!
No habéis sabido estar a mi altura.
El dragón sonrió contento
preparándose para el evento.
La princesa, tambaleante, se acercó entonces al animal
y con una sonrisa bobalicona le echo su aliento fatal.
Ante la peste
de este
la pobre criatura
creyó ver una muerte futura
y cayó por unos segundos fulminado,
cual si le hubiese alcanzado un rayo.
Aprovechando el momento
se levantó el caballero contento
agarró la lanza
y se preparo para la matanza.
-¡En guardia, bestia brutal!
El dragón se levantó,
Resopló, fuego escupió…
Y recibió el golpe mortal.
Tambaleante termino en el suelo.
-Al menos ese aliento ya no huelo.
Debí haberme dedicado a la aviación.
Claro que ni se pilotar un avión.
Y con este último pensamiento murió.
Y de su sangre una rosa brotó.
Y luego otra,
y luego otra
y luego otra
 brota que brota.
San Jordi cogió la primera
y una espina se clavó:
-¡maldita primavera!
Exclamó.
Y se la entregó.
La princesa sonrió:
-¡Qué galán! ¡Con este hombre me case yo!
-¡E, no, no, no!
Alto allí muchacha,
yo no me caso con una borracha.
Él se asustó.
Y ella se enfureció.
-¡Maldito bribón!
Yo distraje al dragón.
Os salve la vida,
sois vos quien no se adecua a mi medida.
-Fue mi lanza
la que le alcanzó la panza.
Además, cualquier posible amor
Huiría ante vuestro hedor.
-¡Merluzo!-, Gritó a plena voz.
Y le propinó una coz.
-¡Ay! Este alcohol que habéis tomado
definitiva mente, mal os ha sentado.
Sé que sois de la realeza
¡pero apestáis a cerveza!
Y yo ya tengo suficientes dolores de cabeza.
-¡Dolor de cabeza os daré yo!
Y con esas palabras sobre él saltó.
-¡Ay! ¡No, no, no!
-Hija mía, ¿Qué estás haciendo?
Preguntó el rey sabio sonriendo.
Pues el pueblo, al ver lo sucedido,
El camino hasta allí había recorrido.
-¡Alteza!
Sant Jordi y la princesa se incorporaron
Y a todos saludaron
-Yo le di a la princesa una buena dosis de cerveza.
-Yo le di otra, con certeza.
-Y yo.
-Y yo.
-Y yo también.
-¡Qué bien!
¿Es que nadie usa la sien?
¡Creer que padece de cobardía,
cuando es la primera en cualquier osadía!
Bramó el barrendero
siendo como siempre el primero,
en reconocer la destreza
de su hija y princesa.
-Padres míos, os presento a mi prometido.
-¡Un momento! ¡Qué yo no te lo he pedido!
Exclamó el caballero sorprendido.
-Pero yo ya he decidido.
-Para el carro, preciosa.
-¿Entonces crees que soy hermosa?
-Si, pero… -¡Al altar!
Gritaron todos sin dudar.
Aquella misma noche, tras una boda
rápida, pero muy a la moda,
el caballero triunfante,
llegó a su cuarto tambaleante.
Y con gran estrépito y una carcajada
Se tiró en la cama junto a su amada.
-Me parece, muchacho,
Que ahora eres tú el borracho.
Bueno, creo que aquí, merecen intimidad.
Lo que pasó después, aunque de mucha intensidad,
es cosa de ellos y nadie más.
La cuestión es que a la mañana siguiente, sin más,
Sant Jordi se vistió, con toda la intención
de desaparecer de la habitación.
Despertó sin querer a su esposa,
que le contempló legañosa.
-¿Qué haces, querido?
haces más ruido que un cerdo herido.
-Debo partir sin más dilación.
He de cumplir con mi misión.
Es mi destino.
-¡Y un comino!

Y quien sabe que fue de su destino.
Solo se, que en aquel castillo, nunca falto el vino,
ni tampoco la cerveza,
para el pueblo y la realeza.
Y si ustedes no me creen
que les den.
Fin

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