jueves, 11 de abril de 2013

Despertar

Cuatro horas, cinco minutos, cuarenta y seis segundos y quince milisegundos habían transcurrido desde el inicio de la jornada laboral. El despacho había sido redecorado por su compañera hacía media hora, mientras esperaban a que la transmisión de datos concluyera. Ahora, las paredes blancas estaban decoradas con dibujos, fotografías, y otras imágenes. Aunque semejantes datos le parecían superfluos, se forzó para sentir interés. Lo hacía todos los días. Luego, comprobó los datos de su ordenador e informó:

—Todo en orden. Estamos listos para el despegue.

Miró a la doctora Carla Echevarría al ver que no recibía respuesta. El rostro de la humana reflejaba dudas y se preguntó si su vocabulario había sido correcto.

— ¿Acaso he hecho un mal uso de la expresión? —Inquirió—. Pretendía ser chistosa, pero puede que me haya equivocado…

—No. Has sido muy graciosa, Eva —contestó la mujer y le sonrió—. Son solo las dudas antes de comenzar un proyecto. Es algo típico entre los seres vivos.

El robot asintió y de inmediato sus facciones se deformaron en un intento por mostrar el sentimiento. 
— ¿Así? —Ofreció.

—Muy bien— aceptó Carla, respiró hondo y agregó—. ¡Adelante pues! Este podría ser un gran avance para el conocimiento.

Sin embargo, antes de que ninguna pudiese apretar cualquier botón, las luces, los ordenadores y todo sistema electrónico enchufado a la red central se apagó.

— ¿Qué planetas pasa aquí?

Pasaron unos segundos antes de que la luz regresara a la habitación con un parpadeo. Todavía pasaría un buen rato antes de que su circuito recuperase el funcionamiento completo. El sistema electrónico de aquel edificio era desastroso. La doctora enfurecida y la robot imitando sus gestos, salieron de allí en busca de una respuesta a lo sucedido. Entonces, al otro lado del pasillo, se abrió una puerta y pronto aparecieron el doctor Chrome y el profesor Pratsyvôëlk, un extraterrestre con cierta semejanza a los calamares. Las gafas protectoras de ambos estaban quemadas y tanto la bata como la piel cubiertos por una extraña sustancia mocosa de color rosa fosforito.

— ¿Qué habéis hecho esta vez? —Exclamó Eva adelantándose a su compañera animal.

— ¡Vaya! El tono ha estado muy logrado esta vez —le felicitó ésta.


Sin embargo, el doctor Chrome no parecía demasiado convecido.
—Os aseguro que esta vez no ha sido culpa nuestra —comenzó, aunque el remordimiento era evidente en su gesticulación.

—Es cierto, Carla —concordó el alienigena—. Solo hemos encendido el interruptor para crear a nuestra criatura, y de pronto todo ha hecho ¡CABOOM!

— ¿CABOOM? —Inquirió la doctora.

—CABOOM.

Martin Chrome pareció preocupado. 
— ¿No se habrá dañado vuestro proyecto? —Preguntó

—No os preocupéis. Le pusimos un motor autónomo, para que la energía no fallara nunca.

De pronto, el reproductor del techo emitió un pitido y un holograma tridimensional apareció ante ellos. Era una de las recepcionistas del centro de investigación que les informó con su dulce voz automatizada:

—Por una sobrecarga en las baterías del centro la energía en la planta 2875, esta no volverá a rendir plenamente hasta las 15:25:12 de hoy. Gracias por su atención.

Puesto que la imagen había sido reproducida en cada laboratorio, no tardaron en oírse las protestas y exclamaciones de las salas que les rodeban. Nadie lograría adelantar trabajo aquel día. Con un suspiro y una sonrisa, Clara se resignó.

—Yo aprovecharé para nutrirme ahora. Si queréis acompañar nos —miró a sus vecinos de laboratorio—, tendréis que asearos o llamareis la atención. Y no querréis poner en vuestra contra a los cerebros más privilegiados del universo…

El pánico se hizo evidente en los rostros de los dos célebres pero siempre desafortunados doctores, que no tardaron en esconderse de nuevo en su cuarto oscuro. Ella se fue en busca de su cartera, le echo a través de la ventana de protección un último vistazo a su proyecto y volvió junto a la robot.

— ¡Qué bien! —Se alegró al ver que Eva seguía en el lugar en el que la había dejado—. Esta vez me has esperado,


—Bueno, he sido creada con el objeto de aprender e imitar el comportamiento humano. Y tú dijiste que esto era lo comú.


Cogieron el ascensor que les llevó a la cafetería en la planta 9999 sección D mesa 3124, donde algunos de sus colegas ya habían ocupado sus respectivos asientos.
La máquina pidió como siempre hacía el mismo desayuno que su compañera y después preguntó:
—Llevo mucho tiempo aguantándome, pero creo que ya va siendo hora de que alguien me explique por qué me llamáis Eva.
Todos callaron de inmediato. A sus espaldas Martin Chrome, recién duchado, habló:
—La culpa es mía. Yo me invente el mote.
— ¿Por qué?
—Porque tu nombre es demasiado difícil. Y bueno, ya sabes, vosotras trabajáis recuperando el pasado perdido desde la época de la reconstrucción. Y pensé en la película de WALLY, que es uno de los pocos DVD’s restantes de antes de la destrucción terrestre. Como sabrás, allí la coprotagonista se llama Eva.
—Espera, ¿Qué tiene de difícil el nombre de LU7827498728hyfery3767hfjafdvhSMA?
— ¿Bromeas? ¡Imagínate a un ser vivo teniendo que decir todo esto cada vez que quiera hablar contigo!
—Oh.
A las 15:25:13 las dos compañeras ya estaban de vuelta en su laboratorio, listas para llevar a cabo su difícil tarea. El robot comenzó a comprobar datos:
— ¿Energía estable?
—Sí, doctora.
— ¿Productos en la matriz?
—Sí, doctora.
— ¿También la mega globina?
— ¡Que si Carla!
—Vale. Pues hagámoslo.
Le temblaban las manos. Respiró hondo y al fin apretó el botón. Una gran cantidad de luces de diversa magnitud y colores se encendieron y apagaron al otro lado de la ventana. Ambas oyeron el ya conocido ruido de las hondas y vieron como el líquido era introducido en la cápsula de la pequeña habitación. Entonces se izo el silencio. Carla se percató de que había dejado de respirar. Sin embargo, no era la única. Por primera vez desde su creación, a Eva le sudaban las manos sin haber hecho ninguna clase de deporte. Finalmente, abrieron la puerta de seguridad, apartaron la cápsula y se acercaron al hombre que yacía sobre la camilla en mitad de la pequeña habitación.

—Por favor, que esté vivo —murmuró la mujer, cruzando los dedos.
Y en efecto así era. El hombre respiraba. Se quedaron unos minutos en silencio, observándole. Eva estaba fascinada. Sabía que lo que tenía delante, no era más que un ser humano inconsciente, que tal vez jamás sería capaz de decirles nada. Pero no le importaba. Eso debía ser aquello que los humanos llamaban maravillar se.
Entonces, para su sorpresa, el hombre abrió lenta y cansadamente los ojos y las miro.
—Buenos días, bello durmiente. Me llamo Carla… Sé que estás cansado. Llevas mucho tiempo durmiendo… No te preocupes… no tengas prisa en despertar…
—Dónde… ¿Dónde estoy?
—La pregunta no es donde, sino cuando.

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